EJERCICIO Y ALIMENTACION PARA PERSONAS MAYORES.

Actividad Física. Envejecimiento. Personas Mayores. Tercera Edad.

Introducción

Los beneficios que comportan para la salud la práctica de actividad física realizada de manera regular y los riesgos que conllevan los estilos de vida sedentarios, propios sobre todo de la tercera edad, han sido ampliamente establecidos en numerosos estudios epidemiológicos en los últimos años (Varo, Martínez y Martínez-González, 2003; Guayar et al., 2004). Sin embargo, el sedentarismo de nuestra sociedad se está convirtiendo en una amenaza constante para la salud pública (Varo y Martínez-González, 2006; Lancet, 2004; Varo, et. al., 2003), lo que está llevando a los profesionales procedentes del ámbito sanitario a adoptar medidas encauzadas a la promoción de la actividad física de la sociedad en general y las personas mayores en particular.

En los últimos años se ha producido un incremento en el número de personas mayores que realizan actividad física, aunque éste continua siendo escaso e insuficiente (Gonzalo y Pasarín, 2004). Asimismo, estamos asistiendo a un incremento notable en el número de personas mayores existentes en la sociedad y se estima que este aumento sea progresivo en los últimos años.

Según las conclusiones derivadas de la segunda Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento (Madrid, 2002), para el año 2050 se estima que el colectivo de personas mayores se haya triplicado. Los poderes públicos tienen por tanto, la responsabilidad de velar por la salud de las personas mayores, con el objeto de que éstos puedan llevar a cabo su vida con plena autonomía (Merino, 2002).

Importancia de la actividad física en las personas mayores

La actividad física constituye junto con la alimentación los dos elementos claves que definen la esperanza de vida de las personas (Ramos, 2002). Actualmente, ningún grupo de la sociedad puede obtener más beneficios de la actividad física y la alimentación que el colectivo de las personas mayores (Drewnowki y Evans, 2001). Ambos factores poseen un papel vital en la promoción de la salud y prevención de enfermedades en las personas mayores.

Según diversos estudios (Lidsted, Tonstad y Kuzma 1991a; Linsted, Tonstad y Kuzma 1991b), existe una relación directa y positiva entre la realización de actividad física y aumento de la esperanza de vida.

La inactividad física constituye uno de los factores de riesgo más importantes que amenazan a la salud global de los seres humanos (Gonzalo y Pasarín, 2004; Erikssen, 2001). La presencia o ausencia de actividad física condiciona que la persona desarrolle su vida ligada a dos polos completamente opuestos: salud y enfermedad (Ramos, 2002). Por ello, el proceso de envejecimiento que se produce en el organismo de las personas puede verse acelerado o ralentizado en función de su nivel de actividad física (Varo, Martínez y Martínez-González, 2003).
Por tanto, la práctica de ejercicio físico no sólo repercute positivamente en la infancia o adolescencia (Delgado y Tercedor, 2002), sino que la tercera edad constituye también un período apropiado para alcanzar los beneficios que comporta su práctica (Alcántara y Romero, 2001; Marcos y Galiano, 2004; Mayán, 2004).
Objetivos de la práctica de actividad física en la tercera edad
El principal objetivo que tenemos que conseguir a la hora de prescribir un programa de entrenamiento cardiovascular en personas mayores es posibilitar que la persona sea capaz de llevar una vida cotidiana independiente y autónoma (Ramos, 2002). Debe estar orientado a evitar el envejecimiento y a que la persona pueda disfrutar de un estado de placer y bienestar corporal y mental, así como a conservar una situación de plena independencia y autonomía física y mental (Romero, 2002). Para que esto sea posible debemos proponer actividades recreativas, gratificantes, integradoras, de fácil comprensión y realización y centradas en sus intereses y necesidades (Merino, 2002; Pont, 2002), prestando especial cuidado a la intensidad, duración y frecuencia (Froelicher et al., 1999).

Beneficios de la actividad física en la tercera edad

La práctica de actividad física va acompañada de una serie de beneficios para el ser humano (Marcos y Galiano, 2004), siendo estos aún más evidentes en la tercera edad. Las investigaciones realizadas hasta ahora demuestran que la actividad física ayuda a las personas mayores a prevenir y mejorar enfermedades tales como obesidad (DiPietro, 1999), hipertensión.

Al mismo tiempo, el ejercicio físico protege contra la mortalidad intrahospitalaria en los pacientes ancianos con infarto de miocardio (Abete et al., 2001). Reduce el riesgo coronario (Talbot et al., 2002) y a padecer una trombosis vascular (Verissimo et al., 2001) o cáncer (Thune y Furberg, 2001).

Previene o retrasa la aparición de la diabetes tipo 2 en los adultos En un estudio publicado por la revista científica, se demostró que las mujeres sedentarias de 65 años que comenzaron un programa de ejercicio disminuyeron en un 48% el riesgo de muerte por cualquier causa durante el período de seguimiento del programa respecto a las que continuaron inactivas.

Además, el riesgo de enfermedad cardíaca se redujo entre las primeras en un 36%, y el de cáncer de un 51%. Laurin et al. (2001), observaron que la actividad física disminuyó las alteraciones cognitivas en mujeres mayores afectadas por el Alzheimer. A nivel del sistema osteoarticular, la práctica de actividad física aumenta la densidad mineral ósea en personas mayores (Marcos y De la Fuente, 2000; Lee, 1999), al tiempo que un entrenamiento de fuerza correctamente programado produce beneficio en personas con osteoartrosis (Sevick, 2000).

Los efectos del ejercicio físico sobre el sistema músculo-esquelético de las personas mayores se traducen principalmente en modificaciones de las fibras musculares, miofibrillas, vasos sanguíneos y tejido conjuntivo (Quinn, Haugk y Grabstein, 1995). Asimismo, la actividad física produce alteraciones en el sistema cardiovascular de los adultos, mejorando el VO2máx, el gasto cardíaco y la función sistólica, entre otros aspectos.

Respecto al sistema endocrino, el ejercicio físico produce alteraciones que repercuten en una mejora del bienestar de los mayores. Igualmente, a nivel económico la práctica de ejercicio físico en personas mayores mejora su estado de salud, lo que se traduce en una disminución de los gastos sanitarios (Stearns et al., 2001).

Medicare MCOs mantuvo e incluso mejoró el estado de salud de las personas mayores tras aplicar un programa basado en la forma física, lo que originó que estas personas acudieran en menor medida al médico; sobre todo aquellos que realizaban ejercicios intensos (Fody-Urias, Fillit y Hill, 2001). Pasear 120 minutos e incluso más cada día, reduce las visitas a urgencias y el número de ingresos hospitalarios en sujetos ancianos con problemas económicos (Perkins y Clark, 2001).

Por todo ello, la actividad física debería ser recomendada a las personas mayores como objetivo de política nacional de salud (Stearns et al., 2001).

El principal motivo que lleva a las personas mayores a realizar actividad física es el mantenimiento de la salud, por delante de la recreación (García, et al., 1996). Realizar actividad física a cualquier edad no sólo está justificado a nivel de salud (Delgado y Tercedor, 2002), sino también desde el punto de vista de la recreación (Pont, 2002).

Es por ello que, los factores que demuestran el porqué hacer actividad física se agrupan en dos vertientes que repercuten positivamente en un mejor bienestar psíquico (Pont, 2002). Todo ello nos lleva a mejorar la calidad de vida (Meléndez, 2000). La primera de ellas alude al bienestar físico y salud y engloba aspectos referentes a la prevención, mantenimiento y rehabilitación en personas mayores. Su objetivo es básicamente utilitario, orientado a la mejora y mantenimiento de la salud. La segunda vertiente muestra aspectos lúdicos sociales y afectivos y recoge aspectos recreativos. Su finalidad es recreativa.

Cada actividad llevará implícito un objetivo principal, pudiendo ir acompañada al mismo tiempo y de forma paralela de un objetivo secundario (Pont, 2002).
La actividad física orientada a la prevención ayuda a prevenir problemas y deficiencias a nivel físico y psíquico. Para ello debe realizarse de forma periódica y adaptada a las características personales y posibilidades de cada persona, teniendo presentes los factores de riesgos que lleva implícitos el proceso de envejecimiento (Pont, 2002). Cuanto más temprano sea su comienzo mayores serán los beneficios preventivos en la tercera edad (Pont, 2002). La actividad física enfocada al mantenimiento de las capacidades físicas y psíquicas debe reunir unas características similares a la prevención (Pont, 2002).


Nuestro objetivo es que la persona envejezca de la mejor manera y en las mejores condiciones posibles. La rehabilitación, un tema cada vez más significativo en la tercera edad, trata de dar solución a problemas físicos, lesiones o procesos degenerativos característicos de la edad. Es por tanto, sumamente importante adecuar la actividad al tipo de dolencia o problema físico.

La actividad física con un fin recreativo y lúdico constituye una actividad gratificante y placentera para este colectivo (Pont, 2002). Deben llevarse a cabo actividades con la intención de ocupar el tiempo libre de las personas mayores; actividades en ausencia de reglamentaciones, con la intención de divertirse y pasarlo bien.

Conclusiones

La actividad física y la nutrición son dos piezas claves que determinan el estado de salud de las personas mayores. Ningún grupo de la sociedad puede obtener mejores beneficios de ambas piezas que el colectivo de las personas mayores. Pero la práctica de actividad física no debe iniciarse en la última etapa de la vida, sino que ésta debe ser una tarea presente en la sociedad desde su infancia. Existe una relación directa entre la evolución del envejecimiento y la inactividad. A pesar de ello, la inactividad física en la tercera edad es una realidad evidente en nuestra sociedad actual, aunque cada vez el mayor el número de personas mayores hacen uso de ello. Debemos por tanto, aconsejar y concienciar a los mayores sobre los efectos favorables del ejercicio en todos sus aspectos. Está demostrado que el ejercicio físico realizado de manera periódica repercute positivamente sobre la calidad de vida de las personas mayores, previniendo diferentes patologías propias de esta edad.

Por todo ello, la práctica de actividad física debería estar aconsejada desde la perspectiva de la salud pública. Quizás las “modas” imperantes en nuestra sociedad presente seas determinantes. Pero no podemos olvidar que las instituciones dirigentes de la sociedad y poderes públicos deben ser los responsables directos de cuidar de la salud de las personas mayores y fomentar la actividad física. Desde estos organismos se debe ofertar programas encaminados a mejorar la calidad de vida, lo se traducirá en una mayor longevidad, permitiendo así que este colectivo de la sociedad pueda disfrutar de una vida activa con plena autonomía funcional, esto es, de una vejez saludable. Sólo de esta manera podremos prevenir e incluso mejorar la mayor parte de las alteraciones que acompañan el envejecimiento.